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Primavera que sí llega

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TORREVIEJA, 2; CREVILLENTE, 1

No había que desesperar. Era cuestión de tiempo que fueran cayendo las victorias, en un número suficiente como para refrendar el excelente trabajo de Vlaho Macan y de toda la plantilla. Con la urgente reestructuración no nos llegaba la camisa al cuerpo —reconozcámoslo abiertamente— por el miedo a que marcar un gol se convirtiera en un cometido casi utópico; a lo cual se añadía la escasez de efectivos en el banquillo, que impedía (e impide) el refresco en determinados momentos de los partidos. Pero las piezas han ido encajando. Futbolistas del segundo equipo se han adaptado a la categoría y se han hecho con su puesto con todas las de la ley. Los «supervivientes» de la criba continúan demostrando sus condiciones, multiplicándose en diversas facetas del juego y ejerciendo de jefes del grupo. Vaya, que la precipitada mezcolanza está cuajando en un producto elaborado. No diremos que el éxito está sorprendiendo a la propia empresa —aunque lo diríamos de haberse amarrado puntos volátiles que, seguro, recuerdan ustedes—, pero tampoco nos callaremos la satisfacción por el actual desarrollo de los acontecimientos. Porque, además, estos hombres saben sufrir, expresado sea con todas las nobles connotaciones de la palabra. Han dado buena prueba de ello, tanto dentro como fuera del campo.

Pocas primeras mitades habrán deparado una superioridad tan notable del Torrevieja, y pocas veces habrá sido más cierto el tópico de que el tanteo se quedó corto por no reflejar lo sucedido sobre el terreno de juego. Con las ideas claras en ataque, que transformaban en ocasiones o amagos de éstas, los salineros debieron dejar el compromiso resuelto. La línea de tres defensas netos (Míkel, Quique y Valero) se veía desbordada constantemente, incluso con precisos cambios de banda a banda. Si no aumentó la diferencia no fue por falta de intentos, sino por la imprecisión en el regate clave o en el pase definitivo. Y hete aquí que, cuando hacía mucho que teníamos que estar tranquilos, se repite el final de primera parte contra el Alone, con el agravante de la expulsión de De los Ríos —que ni siquiera pasaba por allí—, aunque el castigo en justicia le hubiera correspondido a un compañero. De modo que, a la frustración de tener que empezar de nuevo, se sumaba la preocupación de afrontarlo en inferioridad.

El Torrevieja, por sus maniobras en la reanudación, pareció considerar futesas las referidas incidencias. Porfió en lo suyo, tras encerrar en el vestuario los lamentos y las maldiciones, que abundarían. Dedicó un cuarto de hora de gran intensidad a pelear con brío por el segundo gol. Pero la fortuna, esquiva y pertinaz, denegó el premio a los remates de Ramiro y Córcoles. El capitán secundaba a los interiores con carreras de varias decenas de metros, mientras Matías cumplía su misión como acostumbraba y Fernando Gálvez se mostraba más activo en la distribución. En defensa, y ante la inexistencia de labor específica, sin novedad: los laterales subían, Peyo comenzaba algunas combinaciones y Arrazola se incorporaba a la vanguardia en los lances a balón parado, determinación decisiva a la postre.

Cuando acusaron el desgaste físico, los blanquiazules se echaron atrás, dando la impresión de que se preparaban para conservar el empate. Esa película ya la habíamos visto. Lo que no habíamos visto era la aparente inoperancia del adversario. El Crevillente se limitó a mantener las tablas en el centro del campo, sin profundizar ni arriesgar. Demérito de los de Mas o mérito de los de Macan, transcurrió el siguiente cuarto de hora entre dos aguas, ni para unos ni para otros. Sin embargo, los torrevejenses aún habían ahorrado reservas. Porque si los verdinegros se conformaban —su actitud no hacía pensar lo contrario— con el marcador, ellos no. Ellos no iban a defraudar a su afición. De modo que echaron el resto. Uno de los muchos envíos de Ángel Iván al área encontró, por fin, el colofón adecuado. La justicia, con retraso pero con entereza, había aparecido.

Los locales, dedicados de lleno a guardar la ropa en el último cuarto de hora, se librarían de postreras consecuencias desagradables por su exactitud al trazar la raya del fuera de juego. El Crevillente no pudo cuando quiso; es decir, cuando no tenía más remedio que querer. El Torrevieja supo siempre lo que quiso y cómo lo quiso.

Si algo positivo, sentimentalmente hablando, hemos verificado en esta segunda vuelta, con este Torrevieja de nuestros anhelos y con quienes se parten el pecho por él, es que el fútbol sigue siendo un deporte. Feliz conclusión para unos tiempos tan prosaicos.

Torrevieja: Julen, Rubén Verdú, Peyo, Arrazola, Juanjo, Matías, Fernando Gálvez (Jairo 87’), Ángel Iván, Ramiro (Salu 75’), De los Ríos y Córcoles (Manolo 82’).

Crevillente: Deusto, Míkel, Quique, Valero, Edi, Heredia, Andrés, David Martín (Álex Gómez 72’), Sergio Piñol, Gasch y Javi Méndez (Luiche 48’) (Pallisa 75’).

Árbitro: Perea Parres, de Elche, auxiliado por Sánchez Treviño y Sánchez Molina. Por el Torrevieja, amonestó a Córcoles, Fernando Gálvez y Vlaho Macan (entrenador), y expulsó (roja directa, 43’) a De los Ríos; por el Crevillente, mostró tarjeta amarilla a David Martín, Javi Méndez, Luiche (cuando ya se había retirado) y José Pastor (fisioterapeuta).

Goles: 1-0, 9’: Ramiro, de golpe franco directo. 1-1, 43’: Andrés, de penalti. 2-1, 76’: Arrazola cabecea un centro de Ángel Iván al segundo palo.
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