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OTRO PAR DE PUNTOS AL LIMBO

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OTRO PAR DE PUNTOS AL LIMBO

PEGO, 1; TORREVIEJA, 1

El escueto dato estadístico de cuatro empates en los últimos cinco partidos ofrece diversas interpretaciones, medio (o un tercio) optimistas o medio (o dos tercios) pesimistas, medio (ídem) indulgentes o medio (ídem bis) exigentes. Si hubiéramos de elegir, nos inclinaríamos por la de que el Torrevieja —capítulo aparte requeriría el análisis de las posibles causas, preocupantes o no— está desaprovechando situaciones propicias, consecuencia del trabajo desarrollado durante gran parte de los noventa minutos, y que se le están escapando así opciones de alcanzar mayores logros o de acercar la primera meta.

Sabido es que las zancadas finales son las que más cansan y más penosas se hacen, siquiera porque las anteriores son sólo un recuerdo. No aporta demasiado consuelo el hecho de que, en las citadas cuatro ocasiones, la victoria haya estado mucho más cerca que la derrota, analizando cada caso con la objetividad que permite la pasión, que alguna permite; tampoco, el de que aquí el más pintado se puede encontrar con una sorpresa cualquier tarde y en cualquier campo. Porque a la hora del recuento, la realidad irrefutable es que los contrarios han sacado idéntico fruto, pese a los obstáculos que hayan tenido que sortear. Quede clara la satisfacción por la trayectoria del equipo y por los números que la refrendan, aunque con su pizca de desazón por no haberlos aumentado en esta fase del campeonato. Con todas las comprensiones y los reconocimientos que cabe suponer, el sentimiento es inevitable.

Como inevitable resultaba la sensación de estrechez, de amontonamiento, en el rectángulo verde del Cervantes. Las reducidas dimensiones generan sus propias trabas. Los salineros empezaron exhibiendo criterio al mover el balón, pero a causa del citado factor se cerraban sobremanera las líneas de pase. Si el reglamento lo hubiera permitido, habría sido deseable que cada equipo alineara a uno o incluso a dos futbolistas menos. Este deporte también se juega dominando los espacios, ocupándolos o liberándolos en los momentos adecuados; de modo que no sale una labor limpia cuando hay gente por casi todas partes. No se precisaba un esfuerzo considerable para efectuar una presión, sino que bastaba colocarse con cierta idea para limitar la capacidad de maniobra del adversario. Sin embargo, en uno de los escasos desahogos producidos por el Torrevieja, Ángel Iván lanzó a Soriano hasta el borde del área, y su caída nos tuvo en vilo durante un segundo, pues poco antes había sido amonestado por simular zancadilla. Cuando el árbitro pitó, y hasta que se disipó la duda, si bien no creíamos que el bravo delantero arriesgara hasta ese extremo, temimos por su expulsión. El gesto de Ruiz García señalando el punto de penalti y la posterior tarjeta para Borja Suárez confirmaban su decisión. Y Santi Villa (siete aciertos ya, tantos como lanzamientos, desde los once metros) allanaba el camino acto seguido.

Precisamente: al haber argüido en otros compromisos la inexistencia del gol que aclarara el panorama y serenara los ánimos, por razones obvias ahora habría que buscar otro pretexto, si como tal lo consideráramos. Pero es que el Torrevieja, al menos esa impresión transmitía, volvió a adoptar una actitud ¿premeditada? de conformismo que mantuvo durante un largo periodo. Mientras los pegolinos no se acercaran al área, no había problema. Algún golpe franco inofensivo y un pequeño susto poco antes del descanso proporcionaron al público local una inyección de esperanza y al visitante una salida de la rutina, un toque de atención por si alguien había llegado a pensar que todo estaba resuelto.

Y no cambió la disposición en la segunda parte. Cierto es que los de Rojo, una vez puestos en franquía, en especial fuera de casa, han obtenido triunfos de esa forma, recurriendo a un dejar hacer hasta un límite, a un pasar el tiempo deteniéndolo, a un aguantar aquí y apretar allá..., es decir, a lo que llamamos «controlar» el partido. Opiniones habrá, no carentes de razón, que afirmen que como mejor se «controlan» los partidos es acumulando goles. Máxime, cuando el adversario se queda con diez hombres.

Incurriríamos asimismo en injusticia si estimáramos que no lo intentó el Torrevieja. Valga como prueba que encajó el empate después de malograr un contragolpe, que acabó Raúl Manrique disparando desde lejos en un claro cuatro contra dos. El inmediato saque del portero se convirtió en un contracontragolpe mortal. Es el inconveniente de la ventaja mínima, que desaparece en cualquier lance desafortunado.

Fue cuando el Torrevieja pretendió con más ahínco volver a marcar, entonces por el método «habitual», pero no encontró resquicios. ¿Los habría encontrado antes? La respuesta a esa pregunta, como el nuevo par de puntos no sumados, reposa ya en el inescrutable limbo de las conjeturas futbolísticas.

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