PASARON DOS ÁNGELES
SUECA, 0; TORREVIEJA, 1
La encrucijada suecana no admitía excusas. Ni lo (evidente) que se ventilaba el contrincante, ni el (mal) estado del césped, ni la (presunta y luego comprobada) condescendencia arbitral con los de casa, ni la (enorme) presión con que se afrontaba servirían de parapeto si no se lograban los tres puntos. Prohibido fallar. Semejantes circunstancias arrostraron algunos que salieron victoriosos —aunque no todos, pues en El Infantil sufrió el ya campeón Denia su primera derrota—, y el Torrevieja no debía ser menos que ellos. Se presentaba uno de esos partidos que gustan al espectador neutral, no tanto por el juego como por la emoción, y que apasionan hasta el límite a los seguidores de ambos contendientes, hasta el extremo de mantenerlos con el alma en vilo por cualquier lance que pudiera devenir decisivo... Por cierto, este sábado nos espera otro idéntico.Pero todo el interés deportivo quedaría aparcado durante el minuto más dramático de la temporada. Polanco, tras chocar con un defensor y abrirse una aparatosa brecha en la cabeza, cayó al suelo completamente inerte. Instantes después, Fernando Palacios y Córcoles pedían una ambulancia a gritos desgarradores. Fue espantoso oír al capitán «¡que se queda!, ¡que se queda!». Mientras José Antonio Oviedo, que al advertir la situación había entrado sin permiso en el campo, le despegaba con un gran esfuerzo la lengua por medio de la cánula de Guedell para permitirle la respiración, los puñetazos al aire de desesperación e impotencia transmitían al público el gravísimo trance por el que estaba atravesando Jorge Polanco. Sólo cuando éste empezó a moverse, y los gestos del doctor anunciaban el final del peligro, acabó la angustia en el estadio. Entonces la preocupación consistía en cerrar la herida y tranquilizar a los familiares. Había pasado el primer ángel; sin duda, el más importante.
Con las secuelas del horror todavía en los rostros, tanto locales como visitantes, unos y otros reemprendieron el asunto que los había llevado allí: había que seguir jugando al fútbol. El Sueca esperaba en su terreno para sorprender con el contragolpe o, en todo caso, sacar producto de algún balón al área de golpe franco. La estrategia, como se demostró a la postre, se intuía fundamental. El Torrevieja dominaba, tenía durante más tiempo en su poder el balón y lo tocaba por alto para impedir, en lo posible, el contacto con el irregular césped. Sin embargo, carecía de profundidad. Se echaba de menos la combinación lúcida, el centro medido o el rebote favorable. Pese a que Francisco Pliego había dado instrucciones para que sus hombres no tuvieran noticias del marcador de Onda —ese partido había comenzado media hora antes—, los goles del Novelda ya se conocían en la grada, y resultaba inevitable una «filtración» en el vestuario durante el descanso.
De ahí que los salineros redoblaran los ímpetus en la reanudación. Aumentaron los ataques, pero no demasiado su claridad. Manolo detenía o rechazaba los remates que podían haber puesto en ventaja al Torrevieja. Había que marcar. No se sabía cómo, o quizá sí. La única obsesión era conseguir un gol, el gol. Pero el reloj apretaba implacable. Pliego arriesgó —exactamente lo mismo era empatar que perder— con la sustitución de Córcoles por Héctor. Aunque el Sueca continuaba sin crear ocasiones, ya apuntaba la posibilidad de colada y carrera por algún hueco. Entonces pasó el otro Ángel, éste con nombre propio. El joven torrevejense hizo estallar de júbilo a sus paisanos desplazados, al transformar con excepcional maestría —qué más dará si tiró o centró— un golpe franco originado, precisamente, por el recién incorporado a la lucha. Algún barullo en el área de Iván Vidal, y el estado de Higuera, que aguantó cojo los últimos diez minutos por haber efectuado su equipo los tres cambios, llevaron el sufrimiento hasta rozar lo insoportable. Pero casi todo se soporta.
Reserven energías, porque si ésta era la final de las finales, contra el Alone —y con qué precedentes— aguarda la final de las finales de las finales.

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