La sensibilidad ante un desafío constante
A través de la cultura la persona se sensibiliza y descubre fuentes de complacencia estética y márgenes de admiración impensados.
La calidad de vida debe siempre medirse a través de esos componentes básicos que atienden a las necesidades del ser humano y ellos van desde el trabajo y la vivienda hasta la educación y la salud, sin olvidar la libertad, derechos y las garantías capaces de albergar a una sociedad. Pero junto a todos esos sustentos no debería ser ajena la cultura, entendida como el conjunto de actividades artísticas que enriquecen con sus diferentes manifestaciones al individuo y el medio en que vive.
A través de la cultura la persona se sensibiliza y descubre fuentes de complacencia estética y márgenes de admiración impensados, se acerca al conocimiento del admirable mecanismo de la creación, aprecia el agrado de compartir muchas formas de belleza y armonía, asume el respeto por el entendimiento y por fin admite que la vida en común no consiste solamente en comer, dormir o “pasársela bien”. De esta forma se adhiere a otra escala de valores, probablemente los más idóneos para enaltecerlo, y así establecer el beneficio social a través del cual una región, una sociedad, en definitiva un país avance en su presente y se encamine en afianzar su futuro.
Si nos atenemos en los conceptos predominantes en la última mitad del pasado siglo infundidos por el marxismo, vemos a la sociedad concebida como un inmenso edificio integrado por dos niveles: uno básico y fundamental, la infraestructura, sobre la que gobierna la superestructura. Así la infraestructura, razonada como la base material de la sociedad, está conformada por las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la superestructura se entiende como la forma que adopta la vida social, su organización política y jurídica, la ideología, la cultura y el arte, muchas veces difuminado en el concepto cultura.
Esto considerado así esquemáticamente, nos lleva al concepto de que sobre todo en la última década se ha prestado particular atención, partiendo del estamento oficial y con la connivencia de los principales medios de difusión, en especial el televisivo, a la divulgación de ciertos géneros, llamémosle populares, que sin dejar de ser tan respetables como otros para satisfacer las apetencias del público, no contribuyen en lo más mínimo a ahondar en el conocimiento de formas estéticamente más logradas o con una fisonomía cercana a los conceptos forjadores de un entorno como comunidad.
Bajo esas premisas, enfrentar el desafío de la cultura en los campos de la música, el teatro, las letras, el cine, la plástica o la danza, significa encarar y promover los requerimientos de un contacto fecundo y permanente con los mejores productos de esas áreas, donde todo es complementario y nada es excluyente, (la cultura jamás podrá ser una esfera separada del resto de los aspectos social). Por eso reflexionar un poco sobre esos temas parece
Se habla muy poco -y a veces nada- de la cultura, como si se tratara de un elemento ornamental o una categoría prescindente.oportuno, ya que en las campañas electorales, tanto recientes como en las que ahora se emprenden, se habla mucho de de economía, algo lógico y necesario en los tiempos que se padecen, de sanidad, enseñanza, seguridad ciudadana o deporte, pero se habla muy poco -y a veces nada- de la cultura, como si se tratara de un apéndice de alguno esos rubros, un elemento ornamental, una categoría prescindente a la que en el mejor de los casos se le dedica una convocatoria que se parece más a una excusa que a un verdadero compromiso, cuando la materia cultural exige (y merece) un tratamiento constante, similar al de cualquier otro asunto de primer orden y no, repito, una mera utilización dentro de una determinada coyuntura política.
Mientras la clase dirigente no lo entienda así, las sociedades y como consecuencia los países que integran, seguirán empobreciéndose bajo la tendencia de los últimos tiempos: un declive a lo chabacano cuyas cortedades y aislamientos no pueden ser buenos para nadie y del que lamentablemente en muchos casos son también responsables aquellos “trabajadores culturales” que se prestan a ser simples objetos de propaganda partidista a cambio de “apoyos” económicos.
Manuel P. García
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