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Cosas de la Mar

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Este artículo hace referencia a personas y situaciones reales que han ocurrido en la ciudad de Torrevieja (Alicante), en la época que se describe en él.

HISTORIA DEL MARINERO ESTEBAN PABLO CAYUELAS MERCADER “EL MANILO”

La visita de un amigo

A primeros de diciembre del pasado año 2006 vino a verme a casa mi amigo Hermenegildo Casamayor Irles, persona muy conocida en Torrevieja y autor del libro Los tabacaleros, publicado por el Instituto de Cultura Joaquín Chapaprieta en 2004.

El motivo de la visita era enseñarme una historia escrita por el marinero de Torrevieja Esteban Pablo Cayuelas Mercader. Este manuscrito trata sobre las vivencias de este viejo marinero, ocurridas durante los años en que navegó en los últimos veleros mercantes del Mediterráneo español. Hermenegildo me dijo que conocía a Esteban Pablo del tiempo en que fue vecino de él en la calle del Huerto de Torrevieja. En aquella época, cada vez que Hermenegildo pasaba por la puerta de la casa de Esteban Pablo, le llamaba la atención ver la destreza con que el otrora marinero de los barcos de vela tejía paños o red, o preparaba los aparejos para la pesca. Aquel día, mi amigo Gildo me dijo que había leído la historia que Esteban Pablo había escrito sobre su vida en la mar, que le que había gustado mucho, y que, a instancias de su autor, había venido a hablar conmigo por si había alguna posibilidad de publicarla. Le dije que me dejara el manuscrito para leerlo, y que, una vez pasadas las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes Magos, me pondría en contacto con Esteban Pablo para comentar su trabajo y al mismo hacerle una entrevista con el fin de publicarlo en el semanario Vista Alegre y en la revista digital ARS CREATIO, medios en los que soy asiduo colaborador; del primero, desde hace diez años; y del segundo, desde su fundación, en enero de 2006. Tengo que decir que leí la historia que nos relata Esteban Pablo, sobre los años en que navegó en los buques de vela, pasando calamidades y capeando temporales, me encantó por su sencillez y por ser contada de primera mano por este veterano marinero.

Mi impresión personal
En esta historia, entre otras cosas, Esteban Pablo Cayuelas nos relata las múltiples peripecias vividas por él en la mar y en tierra, las maniobras con las velas, los temporales y los usos y costumbres de las tripulaciones de aquellos legendarios barcos donde navegaron muchos patrones, contramaestres y marineros de Torrevieja, sin ser conscientes de que eran los protagonistas de la historia de los últimos veleros del Mediterráneo español. Como tenía previsto, pasada la fiesta de Reyes, llamé por teléfono a casa de Esteban Pablo. La persona con la que hablé fue su esposa. Al preguntarle por su marido y comuniqué el motivo de la llamada, me respondió con una voz de inconfundible pena que había fallecido el 16 de diciembre. En aquel momento le di mi más sentido pésame y me despedí de ella, y le transmití que, si no tenía inconveniente, intentaría publicar la historia que había escrito su marido. Pero, como creía que no era el momento, le dije que la volvería a llamar de nuevo para pedirle algunos datos familiares sobre su marido, cosa que tuvo lugar a principios del mes de febrero de 2007.

Algunos datos familiares
Esteban Pablo Cayuelas Mercader nació en Torrevieja el día 18 de octubre de 1922 y falleció en esta ciudad el 16 de diciembre de 2006. El 15 de junio de 1956 contrajo matrimonio con María García Serra, natural de Alicante. Producto de este matrimonio nacieron sus hijos, Concepción y Miguel. De su hija Concepción nacieron sus queridos nietos Míriam, de 20 años, e Ismael, de 18.

Los últimos años de su vida

Esteban Pablo, una vez retirado de la mar, solía llevar una vida tranquila, como suele ocurrir en los jubilados. Él, entre otras cosas, se entretenía unas veces tejiendo y remendando paños de red, y otras preparando aparejos para la pesca. Esteban Pablo, a pesar de tener un carácter en cierta manera reservado, se abría con facilidad al diálogo, sobre todo cuando el tema estaba relacionado con la mar y los barcos.

Las aficiones
A Esteban Pablo Mercader le encantaba ver la televisión, principalmente las retransmisiones de los partidos de fútbol y los programas de los canales de Historia y Natura; y, sobre todo, los barcos de vela de todo tipo que aparecen en algunos programas. Como buen marinero de esta zona del sur de la Comunidad Valenciana, una de sus comidas preferidas era el caldero de arroz y pescado, como lo hacen los marineros en los barcos de pesca de esta costa.

Francisco Rebollo

COSAS DE LA MAR
NARRACIONES VERÍDICAS DE UN MARINERO


Introducción

Me llamo Esteban Pablo Cayuelas Mercader, también conocido con los apodos de Manilo o Rata. Nací en Torrevieja el 18 de octubre del año de gracia de 1922. A mi temprana edad, apenas siendo un niño, empecé mojándome continuamente con el agua del mar, desarrollando mis juegos en las playas de Torrevieja y en sus aledaños. Con cinco años ya me arrastraba en la cubierta del barquete que tenía mi abuelo materno. Siendo ya un mozalbete, todas las primaveras, durante el tiempo reglamentado, me iba con ellos de pesca a las “almadrabetas”, conocidas en esta costa por “morunas gordas”.

Mi primer viaje en un barco de vela
Ocurrió un día que un primo hermano mío, que era mayor que yo, y que navegaba en el pailebote Salinero, pensaba quedarse en tierra. Por ese motivo, hablamos con el patrón del barco para ocupar yo su puesto. El patrón aceptó, y así dio comienzo mi aprendizaje en el arte de navegar a vela. Para poder hacer aquel primer viaje, me enrolé como marinero de altura; lo hice gratis, mi único deseo era aprender. nía la comida asegurada y alojamiento, y además 150 pesetas por ayudar en la descarga de sal y el cemento en el puerto de Cartagena. En el siguiente viaje ya ganaba media parte por la descarga de la sal, y al regreso, con la descarga del cemento, la parte entera.

El aprendizaje de la profesión de marinero
Durante los primeros meses de aprendizaje, me esforcé por aprender lo máximo, siempre colgado como un mono por la arboladura y haciendo horas de timón como el mejor de los marineros. Siempre estaba haciendo preguntas sobre el tiempo y las estrellas, y sobre todo lo relacionado con la mar y la navegación. Dos años duró aquel aprendizaje, hasta que me incorporé al servicio militar, que entonces era obligatorio.

Embarcado en los pailebotes Salinero e Islas Columbretes
Cuando cumplí el servicio militar me enrolé de nuevo en el Salinero, que por aquel entonces estaba siendo reparado en Palma de Mallorca. Pasé tres años en este barco, hasta que un maldito día, estando atracados en el puerto de Barcelona, entró un majestuoso barco de la entonces compañía naviera Atlántida, un pailebote de nombre Islas Columbretes, buque de no menos de mil toneladas de arqueo, con un motor de ochocientos caballos y tres palos erguidos al cielo, con sus masteleros y velas aferradas. Todo aquello me sedujo. Si de algo estoy arrepentido en esta vida es de aquel tiempo en que cambié de barco.

Embarcado en el pailebote Faro de Cadaqués

Después estar embarcado en el Islas Columbretes navegué en otro gemelo de nombre Faro de Cadaqués. De este último desembarqué en el Puerto de Santa María (Cádiz), cuando el barco ya estaba cargado de paja y caña con destino a Las Palmas. Ese género entonces se transportaba mucho a aquel puerto para las plantaciones de tomate, antes de que progresaran los poderosos tomateros de la península.

Mi vida en los barcos de vela
Corto, pero muy intenso, fue mi paso por los veleros, aquellos gigantes del mar. Ahora, cuando veo la estampa de un velero, recuerdo aquellos tiempos ya muy lejanos, en los que ser marinero de un buque de estas características exigía excepcionales condiciones físicas. La vida era muy dura para la tripulación y estaba llena de peligros.

Los trabajos a bordo de los barcos de vela

Quienes trabajaron como yo y aprendieron el oficio de marinero saben que no existía una jornada de trabajo normal. El sueño se guardaba para cuando se pudiera dormir. A la voz de ¡arriba! saltábamos de la litera o del quío. No hacía falta vestirse, ya que rápidamente se aprendía que era más cómodo acostarse vestido. He visto a viejos marinos que dormían con las botas puestas. Todos dejábamos el rancho, cargado con nuestros olores humanos y el de aceite y brea, y salíamos a cubierta a recibir el azote del aire frío, o las raciones de agua de mar que, impulsada por la fuerza del viento, pinchaba nuestros rostros con miles de alfilerazos. Poco importaba todo, aparentemente. Se aferraban o se largaban las velas trepando por la flechadura de la jarcia o de las vergas, se achicaba el agua, se hacía la guardia, se reforzaban las trincas y, cuando terminábamos la faena, temporalmente, vuelta al rancho. Recuerdo con nostalgia aquel muchacho que yo era. Sentado en un rústico banco ante la mesa de pino del rancho, estaba lleno de ilusiones y con el deseo de ser un buen marinero, para lo cual parte del tiempo lo dedicaba a llevar el timón cuando me dejaban. Aprendía asimismo a cuartear los rumbos de la rosa de los vientos, y a escuchar con atención a los viejos marineros, cuando me enseñaban a ayustar un cabo o a hacer un barrilete con las pasadas bien dadas, o el complejo vocabulario marinero que da nombre a los distintos cabos de la maniobra, y el de piezas o elementos que componen un barco de vela. Indudablemente, los marineros son parcos en palabras. «Algún día seré un buen marinero», me dije observándolos.

Los días que nunca olvidaré
La década de los años cuarenta para mí está llena de recuerdos, unos buenos y otros no tanto. Por aquel entonces, cuando apenas hacía tres años del final de la Guerra Civil, que dejó al país destrozado, el progreso era prácticamente nulo. De nada había servido que tantos españoles murieran en aquella contienda entre hermanos. Estaba todavía librándose la Segunda Guerra Mundial. Todo eso ya pertenece al pasado y, en verdad, no importa mucho para expresar esta sencilla historia, vivida y sufrida por mí en primera persona, que sirve para rememorar mis recuerdos de aquellos años, llenos de hombres valientes, desinteresados y decididos a empezar de la nada una nueva vida, para continuar con las costumbres de siempre. Las tres fechas que corresponden a los días sábado 7, domingo 8 y lunes 9 del mes de febrero del año 1942 están clavadas en mi corazón. A pesar de que la Guerra Civil destruyó muchos barcos, todavía quedaban algunos veleros, entre los que había pailebotes, balandras y alguna goleta. Con estos buques de vela se hacía el tráfico marítimo en el levante español. Las mercancías que solían transportar eran frutas y otras perecederas. Pero la más corriente era la sal de las salinas de Mazarrón, San Pedro del Pinatar, Torrevieja y Santa Pola. Estas mercancías generalmente iban a Barcelona, y desde este puerto se solía pasar a Valcarca para cargar cemento con destino a la mayoría de los puertos de la costa comprendidos entre Valencia y Motril.

Enrolado en el pailebote Salinero
En las fechas que rememoro, me encontraba enrolado en uno de esos barcos, sin duda el mejor, el nombrado Salinero, uno de los más duros y seguros del Mediterráneo español. No era en verdad un lujoso yate, pero yo puedo decir, a boca llena, que durante los cinco años que navegué en él, nunca tuvimos que hacer un solo rizo a la vela para achicar trapo
al viento.

Los mástiles y las velas
Recuerdo que, en los momentos de vientos fuertes, sencillamente nos limitábamos a escalar las bocas de los llamados machetes o velas grandes. Eso, cuando el barco iba en lastre. Con el barco cargado, ya había motivo para tirar guarda abajo un palo. Pero esos palos de “movida” de acero del bueno, con quince metros de longitud de la cubierta a la cofa y seis metros del mastelero, imponían respeto al viento. A veces saltaba una vela en jirones, mientras los palos seguían erguidos respecto al cielo. La obencadura, que era de cáñamo de primera, estaba impregnada de alquitrán, y se cambiaba toda cada dos años, además de hacerse continuamente las reparaciones menores necesarias. Por la cuenta que nos traía, vigilábamos y recorríamos todos los aparejos del barco, tanto los paños de lonas de las velas como la cordelería. Todos a una, no teníamos pereza en realizar estos menesteres.

El pailebote Salinero
Sin duda, el pailebote Salinero era el barco mejor cuidado del Mediterráneo, el más veloz de todos. El Salinero era poseedor del récord de viaje rápido a vela en la ruta de Barcelona a Torrevieja; fue conseguido en enero de 1942, en la travesía que realizó en el tiempo récord de 28 horas, gesta reconocida entonces por todos los marineros de la vela comercial y que ningún otro velero de su clase llegó a realizar jamás.

Los viajes a Cuba
Yo, en aquel tiempo, tuve la dicha de leer el diario de navegación del Salinero, recreándome en las singladuras realizadas en su primer viaje a la isla de Cuba. En el aquel diario de navegación encontré días de mucha calma, otros con ventolinas navegables y otros con tormentas de los trópicos con vientos huracanados. Pero a todo ello se enfrentó la destreza y la veteranía marinera de aquellos tripulantes. Y, sobre todo, la pericia de un veterano capitán forjado en mil singladuras, que, como fiel cumplidor de su responsabilidad marinera, era consciente en cada momento de la importancia de la misión que llevaba a cabo al mando de este legendario barco. El Salinero fue a Cuba y regresó a España. En el viaje de ida llevó una carga de sal de Torrevieja, y en el de regreso trajo un cargamento de madera.

El salario y la comida
En un viaje con sal, duro arriba duro abajo, ganaba 500 pesetas y la barriga llena. Cuando cargábamos cemento en Valcarca con destino a Cartagena, unas veces nos pagaban 350 pesetas; y otras, 400. Al finalizar un viaje redondo, nunca llegaba a 1000l pesetas. Todo eso, por un viaje que algunas veces duraba 40 días.

El estraperlo
A veces, algunos marineros se buscaban la vida como podían, haciendo eso que se llamaba el “estraperlo”, generalmente con tabaco o café, y en algunos casos con harina. Recuerdo que en aquellos tiempos se vivía o se malvivía. Un hombre como yo, de veinte años, y teniendo que dejar sus beneficios en casa, casi siempre andaba escaso de dinero.

Los viajes con los vientos contrarios
Los viajes con vientos de proa se hacían muy pesados y los temíamos mucho. En esos viajes, la sal se ponía muy dura en la bodega, y para poder descargarla teníamos que picarla y apalearla a los calderos de hierro, que izábamos con la maquinilla que tenía el barco en cubierta y que era movida por un motor de 12 caballos.

Los beneficios económicos por la descarga
Normalmente, la descarga de sal de la bodega a tierra duraba de ocho a nueve días. Si hacíamos la descarga nosotros mismos, nos pagaban 50 pesetas de prima por habernos dejado la piel en ese duro trabajo. Esa maldita sal de San Pedro del Pinatar, reapretada por los vaivenes del mar, se ponía tan dura como el mármol. En algunas ocasiones tuvimos que hacer la descarga en plan minero: a base de dinamita, barreno tras barreno.

La carga del cemento
A pesar de ser sucio, el cemento era más remediado. A los 10 días de haber terminado la descarga, todavía seguía tirando polvo de cemento del árbol bronquial por la nariz y por la boca. Piensen un momento que, una vez metidos en la bodega, sin apenas aire que despejase la nube de polvo que producía el saco de cemento cuando llegaba abajo por la canal de madera, se hacía muy difícil la respiración, en aquel tiempo en que los sacos eran de esparto.

La descarga del cemento
Una vez finalizada la descarga del cemento, el que quedaba en la bodega, de la llamada barredura, lo metíamos en sacos que al final, todos juntos, podían llegar a pesar hasta dos toneladas. Después los vendíamos en las casas y nos repartíamos los beneficios, que podían ser de unas 300 pesetas para cada uno de los marineros que habíamos participado en la carga y en la descarga.

Algunas fechas grabadas en mi memoria
Después de haber pasado las fiestas de Navidad y Año Nuevo con nuestros seres queridos, en nuestro hogar de Torrevieja, con el barco fondeado en lastre en esta bahía, el 3 de enero de 1942 nos hicimos a la mar, con poco viento de popa, rumbo a las salinas de San Pedro del Pinatar, a unas 15 millas al sur. En Torrevieja se demoraron un poco en la carga de la sal, que entonces se realizaba con gabarras tiradas por un remolcador. Al llegar a Torrevieja, tiramos al mar los 30.000 kilos de arena de lastre que llevaba el barco, y que habíamos cargado en Almería para la navegación a este puerto. Cuando, a la puesta de sol, apareció el temido viento de levante, no quedó ni un solo corazón sin latir aceleradamente, presagiando el trabajo y sufrimiento que de seguir este viento nos originaría. El levante nos sorprendió cuando estábamos esperando la llegada a nuestro costado de la última gabarra, que completaba un total de 65 toneladas de sal, más 15 ó 20 de “regalo”, ya que, al ser el barco propiedad de la empresa salinera, estas últimas iban destinadas a los almacenes que la
compañía salinera poseía en Barcelona.

Salida a la mar con destino a Barcelona
De noche, bien oscuro, levamos el ancla y salimos a la mar de aquella ratonera, con el viento de proa, con destino a Barcelona. Como se solía hacer en aquellos casos, salimos de vuelta para fuera con la proa en medio de la mar y con el aparejo ceñido al viento. Pasamos dos horas con prolongadas cabezadas del buque hasta que perdimos de vista el pobre alumbrado que por aquel entonces había en Torrevieja. El barco viró para caer un poco más al sur del punto de partida. Ya caída la noche, el viento fue amainando hasta quedarse totalmente en calma, mientras la mar y la corriente nos empujaba hacia la costa. A la altura de la punta llamada Córcolas, ya con el ancla lista para fondear, saltó una pequeña brisa de viento de la costa (viento de poniente), que al bufar poco a poco las velas hizo que el barco diera varias cabezadas, a la vez que el agua del mar entraba por la banda de barlovento. Ese movimiento fue suficiente para librar al Salinero del peligro de quedar varado. Debido al estado de la mar y el viento, en la madrugada del 4 enero regresamos a Torrevieja y fondeamos de nuevo en la bahía, a la espera de que calmara el temporal y de que los vientos nos fuesen propicios.

La continuación del viaje y la vela redonda
Por fin, el 7 de enero de 1942, con poco viento de popa, salimos a la mar para llevar sal a los catalanes. Salimos con todo el aparejo dado menos la vela redonda. Esta vela, llamada redonda o cuadra, se utilizaba generalmente con vientos fuertes de popa. La vela iba envergada en una verga de “movida”, no fija, estaba reforzada con buenos herrajes y situada de babor a estribor en el palo trinquete, o sea el de proa. La verga la izábamos hasta la cofa, quedando los puños de la vela, llamados “pajarines”, a ras de la tapa de regala, cerca de la borda. La verga, con la vela envergada, la movíamos según la dirección del viento por medio de las brazas y contrabrazas de babor y de estribor. Como queda dicho, esta vela como mejor trabaja es con viento de popa, pues al recogerlo todo se embolsa en el trapo y suspende el barco en las cabezadas cuando hay un viento duro con la mar de la misma dirección. Pasado el tiempo, la vela se perdió al romperla un huracán. La vela redonda era la más pesada del aparejo del Salinero. Sólo para izarla y orientarla al viento hacía falta toda la tripulación, al menos la que poseía este hermoso barco. Las medidas de la verga, como si de una hermosa mujer se tratara, eran escrupulosas y bien ajustadas: su longitud era de 10 metros de penol a penol en la relinga de envergue, y estaba cogida al palo de proa. En los extremos de su parte baja o pujamen llevaba dos fuertes puños donde se hacían firmes los “pajarines” ya mencionados, que servían para sujetar la vela firme a cubierta a banda y banda según los grados de orientación al viento. Este conjunto formado por la verga y la vela se movía con cuatro aparejos, dos firmes en cada penol de la verga, las llamadas brazas y contrabrazas.

La navegación
El primer día de navegación tuvimos un tiempo muy bueno, que continuó después de ponerse el astro rey a la altura de Altea. Con un tiempo tranquilizador pasamos la noche en aquellas aguas, a pesar de lo temido que es el mes enero para navegar, teniendo en cuenta los fuertes temporales de levante y norte que suelen darse en esta zona.

Las guardias de mar
Durante la navegación, la tripulación estaba a dos guardias de mar de cuatro horas. Además de las guardias que nos correspondían de día y de noche, durante el día hacíamos algunos trabajos de mantenimiento, entre ellos de piqueta, retoques y pintura, pero sobre todo hacíamos pequeños remiendos en las velas, ya que para roturas grandes estaban los talleres veleros, que se encargaban de dichas operaciones y de confeccionar las velas nuevas.

Las maniobras con las velas
A veces nos llamaban a gritos, cuando estábamos descansando, para atender alguna maniobra cuando el personal de guardia era insuficiente para realizarla. Esto generalmente ocurría cuando aparecía una inesperada racha de viento que obligaba a maniobrar el aparejo dando, quitando o aferrando las velas según los casos.

El bramido del viento
Recuerdo el rumor galopante que formaba el viento al encontrarse con las decenas de cabos que colgaban al viento, templados por barlovento y sotavento. Era el bramido de la naturaleza que desencadenaba el viento, en dura pelea con el aparejo.

El miedo
Hay que haber vivido esas noches tan negras como la muerte, y sentir el miedo —mucho miedo — y después vencerlo, porque el valor consiste en vencer al miedo. No se olvidan fácilmente esas horas de lucha contra los elementos de la naturaleza. Exprimidas al máximo esas horas, no sientes cansancio, no sientes dolor, el cuerpo aguanta y el barco con su aparejo esponde, y por fin la calma.

La llegada a Barcelona
Nuestra llegada a Barcelona se produjo el 15 de enero a las 4 de la tarde. Entramos al rincón del muelle de España, donde teníamos prevista la descarga. En la maniobra de atraque, debido al viento duro de poniente que daba de popa al barco, al no disponer de maquinilla se hizo imprescindible fondear el ancla de babor y filar la cadena necesaria, hasta que el barco quedó atracado al muelle. Posteriormente, cuando recogimos el aparejo y dimos por finalizada la maniobra, dije para mí: «Ya estamos aquí otra vez, Ciudad Condal, a traeros sal de la buena». La recogida del aparejo era un trabajo que nos llevaba un buen tiempo. Dejábamos bien aferradas las velas, entre el pico y la botadura, con todas sus tiras bien recogidas en los cabilleros, y al final, cuando dejábamos la cubierta totalmente limpia, dábamos por finalizado nuestro trabajo. A partir de ese momento, la mente del marino se traslada a algún punto de tierra. Según las veces, visitábamos a amigos, cenábamos en algún restaurante, íbamos al cine, etc.

Mi vida cuando salía a tierra en Barcelona
Cuando salía a tierra en Barcelona, me gustaba mucho ir al cine y comer golosinas; y hoy, a pesar de mi avanzada edad, aún me siguen gustando. Recuerdo una lechería que se encontraba en la calle Escudillet, donde servían a los clientes unos buenos platos de fresas con nata. Allí, como suele decirse me ponía las botas; repetía y repetía hasta quedar harto. Yo también hacía mi recorrido nocturno hasta que, a medianoche, regresaba al barco. Después de una jornada de trabajo 8 horas de pico y pala, que algunas veces se alargaba hasta 12 ó 14, sólo me quedaban ganas de tumbarme por unas horas en la litera. En aquel momento de cansancio, no tenía ganas, ni tampoco amigos, para andar por tierra. Generalmente me gustaba dar una vuelta solo, yo lo prefería así, ya que en otras ocasiones en que saltamos a tierra en grupo lo pasaba francamente mal. Como siempre he sido amante de esa fuente de refranes que poseemos los españoles, yo me aplicaba en el que dice: el buey solo bien se lame. No es que fuesen malos compañeros; al contrario, a bordo todos éramos una piña; pero en tierra todo era distinto, siempre surgía alguna discusión o enfrentamiento. Todo esto era muy frecuente y hasta lógico, puesto que había que soltar toda la tensión acumulada durante el viaje. Además, a mí siempre me gustó diferenciar la amistad del compañerismo. La amistad, para mí, es como la pura sangre, que siempre surge donde está la herida.

Los trabajos de la descarga de la sal
La descarga de la sal comenzó el 16 de enero, al día siguiente de nuestra llegada a Barcelona. Esta faena supuso para nosotros un trabajo duro y agotador. Antes de las 6 de la mañana empezamos a picar la sal en la bodega, hasta que a las 8 subimos a la cubierta para almorzar, y seguidamente a comenzar la descarga. El transporte de la sal desde el muelle a los almacenes se hacía en carros con capacidad para dos toneladas cada uno. Cada carro era tirado de un buen caballo de varas “catalán francés”. Los primeros carros se cargaban pronto, pero a las 10 de la mañana nos tenían que esperar, ya que, al haberse terminado de sacar la sal picada anteriormente, se hacía necesario continuar con la rutina del picado. A las doce parábamos la faena para comer, y con el último bocado bajábamos otra vez a la bodega para seguir picando la sal para que, cuando llegasen los carros a las dos, se pudiera continuar con la descarga; todo ello, con el fin de adelantar la jornada de trabajo alguna hora.

Los rudimentarios medios de trabajo
En aquellos tiempos, en que algunos barcos de vela no disponían de medios mecanizados, nosotros aún nos podíamos sentir orgullosos, puesto que contábamos con un viejo motor para la descarga. Pero este motor rara vez estaba en condiciones, de tal manera que muchas veces teníamos que hacer como la mayoría de la flota velera, que todavía no se había mecanizado. El 25 de enero de 1942, a las cinco y media de la mañana, terminamos de descargar el último caldero de sal, y la tripulación terminó completamente agotada. Después de tomar el café de la tarde, baldeamos la cubierta y preparamos la bodega para recibir la siguiente carga, consistente en 260 toneladas de cemento en sacos de esparto, y yute de 50 kilos la unidad. Estuvimos unos días esperando hasta que estuviese la carga dispuesta, pero siempre sin parar, efectuando trabajos de rutina consistentes en baldeos, arranchado, pintado y otros trabajos de mantenimiento. Éstas eran las cosas que teníamos los marineros que íbamos a la parte. Todos estos trabajos estaban a cargo del contramaestre.

Un paseo por las calles y barrios de Barcelona
Después de los trabajos, cuando llegaba la noche, y aunque estuviera cansado, siempre me atraía saltar a tierra para dar un paseo por los sitios habituales, siempre dentro de la ley y el orden. Estos sitios casi siempre solían ser las Ramblas de Colón y la calle Conde de Asalto, vía errante y milonguera. En esta calle veía cruzar más de una “diva” pregonando con lujo el precio de su soberbia figura. Calle loca y pervertida como la más hermosa de las mujeres, querida y admirada como si de una reina se tratara, ¡así era la calle Conde de Asalto! Y el “Barrio Chino”, y cómo no, los típicos bares junto al puerto, a la entrada del barrio de la Barceloneta. Estos bares, frecuentados por torrevejenses, eran nuestro centro de reunión, y en ellos se degustaban muy buenas palomas; eran los únicos bares de Barcelona en que se servía esta bebida al compás de una dulzona habanera. Todo esto lo recuerdo cuando llevo en el bolsillo el billete de retorno del último tren. Sólo me queda eso, los recuerdos que aún permanecen en mi mente y en mi corazón, y que
perdurarán hasta el final de mis días.

Listos para navegar
El 2 de febrero, con la llegada al muelle de los primeros vagones de cemento, comenzamos la carga, que finalizó al día siguiente, bien entrada la noche. Seguidamente, afirmamos el cierre de las escotillas de la bodega con sus correspondientes encerados impermeabilizados, quedando el buque listo para navegar y para aguantar cualquier tiempo.

La limpieza general del buque
El día 4 de febrero limpiamos muy bien el velero, a base de mucha agua salada sacada a cubos y escoba —inútil trabajo el hacer esa limpieza—. Recuerdo perfectamente que siempre era yo el elegido par hacer esos menesteres, puesto que el contramaestre, de manera muy cariñosa, siempre me decía: «Venga, hijo, ven con el tío Luis», y me daba una buena paliza sacando agua. A veces, por mera curiosidad, contaba los cubos de agua que iba sacando del mar, pero cuando llegaba al centenar me cansaba y ya no contaba más. Y de pie en la tapa de regala, que era bastante ancha, en un continuo subir y bajar cubos, tengo que decir, en honor a la verdad, que no me cansaba, pero sí me aburría, por el tiempo que duraba aquel trabajo. Nosotros baldeábamos por el centro y los demás compañeros, que baldeaban la amura, terminaban antes que nosotros. Y si digo que no me cansaba, así era, primero porque la dureza del trabajo no me asustaba, y en segundo lugar porque el barco cargado venía a ser como un submarino, puesto que para lavarme las manos ya tenía el charco en cubierta, dado que el agua entraba por los ambones. Esto quiere decir que tenía el agua del mar a un metro de mí, y aquello era coser y cantar. «Venga, tío Luis, que se nos pone el sol», decía yo; y él me contestaba: «Tranquilo, hijo, sólo media docena de cubos más». Yo continuaba y a los cinco minutos volvía a insistir. El tío Luis me daba el disgusto, pero al otro día estaba todo olvidado. Y así, de esa manera, iba funcionando aquella buena familia marinera compuesta por un total de ocho hombres que entonces formábamos la tripulación del Salinero.

La figura del contramaestre
El tío Luis, el contramaestre de Salinero, era incansable. Distribuía las faenas y nos corregía a todos, dirigía el baldeo, preparaba las pinturas personalmente —rito especial en él— y guardaba celosamente en el pañol todas las herramientas de trabajo, las brochas, el aceite de engrase, los cabos, las velas y muy personalmente el hilo de vela, los reempujos, las agujas, las tiras de mecha para los faroles de petróleo…; en fin, su litera y el poco espacio de rancho de que disponía parecían otro pañol de estas menudencias, al que él daba un gran valor. El tío Luis siempre estaba encubierta, nunca se sabía cuándo dormía. Él siempre estaba atento observando el horizonte, el tiempo, y sobre todo el aparejo. El tío Luis hablaba a menudo con el patrón, cambiando impresiones con él sobre lo que convenía hacer, para luego llevarlo a la práctica. Sin duda, era un buen profesional y una buena persona; pero muy meticuloso en sus cosas, diría yo.

En el muelle de España de Barcelona
En la madrugada del 5 de febrero de 1942 no se podía estar en el muelle de España. Se embarcaban los chispeados del oleaje con fuerza sobre el barco, dándonos aviso del temporal reinante que amenazaba. Ante aquel cambio del tiempo, tuvimos que reforzar amarras y asegurar las defensas sobre el muelle. Al día siguiente, cuando salió el sol, las piedras volaban por la fuerza del viento, no permitiéndonos hacer ningún trabajo extra en el barco. Al mediodía, para proteger el barco, templamos la cadena del ancla y abrimos la proa del muelle. Con la tarde encima, el cocinero pronto nos preparó la cena.

Una noche en Barcelona
Después de cenar me dispuse saltar a tierra, igual que mis compañeros. Con mis mejores galas entré en el Teatro Español a ver una obra que me gustó mucho. Dos horas de distracción con las que mi mente se libraba de los malos pensamientos. Presumía que aquella noche sería la despedida de Barcelona; por eso, a las 10, cuando salí del teatro, me dirigí a las ramblas de las Flores, en dirección a la plaza de Cataluña. Entré en una churrería que ya conocía de otras ocasiones, y que me gustaba visitar por el buen servicio que ofrecía a los clientes. En este establecimiento tomé una buena ración de churros con una taza de chocolate, mientras venía a mi memoria el recuerdo de las muchas privaciones que pasé en mi niñez por causa de la maldita guerra. Pensaba que tenía que desquitarme de alguna manera, aprovechando cualquier circunstancia que me fuera propicia, pues sólo tenía 20 años y eran muchas las necesidades que había pasado. Ya satisfecho, me dirigí al puerto en busca de mi Salinero. Tenía un trecho por delante y, aunque se decía que la ciudad estaba asegurada, no estaba libre de algún navajero descarrilado y hambriento. Entré en el barco como un felino, despacito, suave, pues todos dormían, yo era el último en llegar, y, sin pensarlo dos veces, me introduje en mi cama arropadito con mi manta, del mismo modo que un sobre recibe su carta de amor.

Los sueños
Y como siempre, soñé despierto, sueños imposibles. No podía aquella noche dar rienda suelta a tantas fantasías, proyectos, etc. que tenía yo, entonces un chaval de 20 años. Aquellos sueños relacionados con la mar me han acompañado a lo largo de mi vida; sueños tan reales, a veces convertidos en pesadillas, que al despertar sentía en mi cuerpo un agotamiento total. Aquí el autor de esta historia relata uno de sus sueños relacionados con la mar. Al día siguiente desperté sobresaltado, con una extraña sensación. No escucho el rumor del viento en la arboladura y en el cordamen. Hoy, que es sábado, estoy solo en el rancho. ¡Qué raro que el tío Luis no turbara mis sueños! Estaba claro que mis compañeros se olieron que llegué tarde, y por esa causa no han querido molestarme.

Un sábado tranquilo
Terminé de vestirme y subí a cubierta. El cocinero, el señor Antonio, estaba en la cocina preparando el guiso del mediodía.

—Buenos días, señor Antonio.

—Buenos días, sobrino. No quiso ningún compañero molestarte porque dormías muy a gusto, y, además, el contramaestre no mandó nada, ni tan siquiera el baldeo de la cubierta. Toma tu café, y aquí tienes pan, una sardina frita y fruta, y que te siente muy bien.

Yo, haciéndole la “pelota”, le dije:

—Muchas gracias, señor Toni, que Dios sea con usted, y que le conceda muchos años de vida por su generosidad. ¿Qué sería de mí sin usted? Le considero mi segundo padre. Todos los Antonios son buenos. Mi padre también se llamaba Antonio.

—¡Pelota, pelota! —me decía y se reía. Le pregunté por el personal, y me dijo que estaban todos en el velero Emil, donde había gente de Torrevieja y que había entrado en puerto.

—Su tripulación cuenta y no acaba de lo mal que lo había pasado en la última navegación. Han estado a punto de ahogarse todos.

—¿Cómo es posible, con estos vientos de popa?

—¿Acaso no sabes que los vientos fuertes de popa son muy malos? Se han cargado un juego de velas, se quedaron sin ellas cuando más falta les hacían. ¡De milagro están vivos! También han entrado con una vía de agua, que durante tres días han estado achicando sin descanso.

—Y del tiempo, ¿qué cuentan?

—Sencillamente, que el poniente se ha calmado y también la mar, y esto es bueno para nosotros, así podremos salir y terminar este pesado viaje.

—¡Que así sea, tío! —le dije—. Y gracias otra vez por el desayuno.

—¡Vete al carajo, sobrino!

Estuve tentado de visitar a los paisanos del Emil, pero no lo hice. Me encaminé a la Barceloneta a visitar a mi tío Manuel Viudes (carpintero de ribera), y allí en su astillero pasé un par de horas, hasta que comprendí que era la hora de comer en el barco.

La comida a bordo
El tío Antonio, el cocinero, había comprado una chiriola de unos tres kilos aproximadamente, y con ella estaba haciendo un estupendo caldero. Ésta era mi comida favorita, y el tío Antonio tenía muy buenas manos para ella; y para otras, claro. Cualquiera le protestaba, con el genio tan particular del que hacen gala todos los cocineros. La verdad es que un cocinero es una clave muy importante para la convivencia en un barco. Sin duda, nuestro cocinero era el mejor, por su buen hacer y por su gran humanidad.

Pendiente de salir a la mar
Al terminar de comer, el patrón nos encargó encarecidamente que no nos alejáramos mucho del barco, ya que posiblemente aquella tarde tendría listo de papeles, pues pretendía ir a despachar a la Comandancia de Marina para seguidamente salir a la mar.

El estado del tiempo
Aquella tarde invernal, el cielo barcelonés se había cubierto con un tenue velo amarillento, muy extraño de ver en este pedazo de cielo catalán. El sol se había perdido por completo. Nosotros, como buenos marineros, estábamos siempre pendientes del tiempo, con la vista puesta en el cielo, como el buen cristiano que espera la llegada del Mesías. El cielo se había azafranado más, mientras unas remolinas de viento flojo de levante se dejaban sentir. Algo flotaba en el aire que no me gustaba nada. El sábado día 7 de febrero de 1942 es una fecha que recuerdo hoy después de 45 años, ya que corresponde a uno de los episodios de mi vida que sigo reviviendo día a día a pesar del tiempo transcurrido.

Maniobra general para salir a la mar
Veo que el patrón comienza a acercarse al barco con los papeles debajo del brazo. «¡Vamos, muchachos, que salimos a la mar! ¡Nos mueve la mar de poniente arriba el aparejo!». Y así comenzó la maniobra, media hora antes de ponerse el sol. Empezamos a dar las velas al viento, aunque apenas lo había, como siempre, de popa a proa, con tres hombres en la boca y otros tantos en el pico, y con la vela mesana en lo alto del palo, bien relingada y apretada. A continuación de la maniobra de la vela mayor y el trinquete, seguimos con la vela redonda, como nos dijo el patrón. Esta vela, con su verga y todo su herraje, pesaba más de media tonelada. Para izarla había que aunar todas nuestras fuerzas en una misma tira. Pesaba lo suyo, pero lo que teníamos que hacer lo hacíamos contra viento y marea, y de esta manera pronto estuvo izada en el palo trinquete, junto a la cofa. Quedaron puestas en forma de abajo arriba la trinqueta, el foque y el petifoque volante, estas tres últimas velas afirmadas a la nariz del barco (el botalón). Igualmente se dieron, aunque esto no lo vimos muy bien, las tres escandalosas del trinquete, del mayor y del mesana, y las dos velas estáis que van del palo trinquete al palo mayor, y del palo mayor al palo mesana. Estas velas eran las más pequeñas y altas. Sólo nos quedó por dar la llamada vela alta, que viene a ser un pequeño triángulo que se iza encima de la verga de la vela redonda, en el penol de barlovento, en el palo trinquete cuando se navega con vientos de popa.

La salida del puerto de Barcelona
Terminado el trabajo con el aparejo, el patrón mandó levar el ancla, y con el bote a remos haciendo de remolcador durante todo el recorrido por la dársena, sacamos al Salinero hasta la punta de la farola, en la bocana del puerto. Ése era sin duda un trabajo muy duro, como el de levar el ancla a mano con el molinete, con sus correspondientes grilletes de cadena, hasta estibarla en su sitio habitual en lo alto de la gatera, lugar donde finalmente quedaba trincada. El bote, con tres pares de remos, le fue tirando del velero ayudado por los filamentos del viento; aunque había poco, era suficiente para que los remeros hiciesen el mínimo esfuerzo en aquella tarde-noche del mes de febrero. Ya era de noche cuando el patrón mandó soltar el cabo de remolque y acercar el bote a los pescantes para su izado a bordo.

Navegando a la vista del faro de Montjuic
Al llegar la noche del 7 de febrero, el potente faro de Montjuic derramaba sus destellos de luces sobre el mar, guiando a los marinos en ruta hacia el seguro puerto. Mientras, nosotros izábamos el bote y lo trincábamos fuertemente para mayor seguridad, pues no sería el primero que arrancara de su estiba un fuerte golpe de mar. Yo siempre he pensado que, si esto ocurriera alguna vez, me gustaría estar lo más lejos posible, en lo alto de una montaña.

La corriente marina
La corriente nos fue llevando hacia fuera, hasta situarnos justo al través de la falora, a unas cinco millas de ésta. Aproximadamente a las 8 de la noche, cuando dio comienzo el turno de guardia, fue cuando se presentó de repente el tifón. Recuerdo que estaba en la primera guardia, de 8 a 12 de la noche.

El tifón
Estábamos todos en cubierta cuando vi en el cielo una especie de cejo muy oscuro del tamaño y forma de un arco iris, pero bien relleno. No las tenía todas conmigo, puesto que ese sábado había visto cosas muy raras, como el cielo azafranado, y también había escuchado tronar en dos ocasiones.

—¿Escucháis lo que yo? —les dije a mis compañeros—. Parece el ruido de cien tanques circulando sobre una dura calzada. ¡Y viene por la popa! ¡Eso es viento, mar y agua del cielo!

Alguien gritó:

—¡Rápido, vamos a quitar de en medio la vela mesana!

Era una buena sugerencia, puesto que, con viento de popa, ésta estorbaba a las demás velas. A continuación nos sorprendió un fuerte aguacero, que impulsado por el viento con toda su fuerza nos hacía daño en el rostro. Era un fuerte huracán de viento y mar arbolada, con olas de tres o cuatro metros. Todo el aparejo respondió ante el traidor ventarrón. En aquellos tiempos, no se disponía de medios fiables que nos avisasen con tiempo del posible estado de la mar; por eso era frecuente que este tipo de eventos nos sorprendiera y nos pegara fuerte. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, que en 30 segundos estaba ya como una sopa. A pesar de todo, tenía que vencer el miedo. Me entraron unas
ganas locas de luchar y luchar, sin acobardarme, pero con toda prudencia y respeto a la naturaleza desencadenada.

El arriado de la vela mesana
Cada uno en su puesto y el patrón al timón, dio comienzo la arriesgada maniobra de arriar la vela más grande, mientras el temporal, con el fuerte viento, apenas nos dejaba trasladarnos de una parte a otra, siempre con el evidente peligro de que un golpe de mar nos sacara del barco y nos lanzara por la borda. Un hombre se situó en la tira de boca, otro en la de pico y el resto en la costa, tirando del pico para que pudiera caer y venir al centro, donde ya estaba colocada la botadura. Había que llevar mucho cuidado, puesto que las olas que se embarcaban eran gigantescas y les costaba salir del barco. En estas circunstancias, se hacía prudente afirmarnos bien a cubierta y estar a cada momento muy pendiente de lo que estábamos haciendo y del inminente peligro que corríamos con el fuerte oleaje y el endemoniado viento.

La tempestad
Nada hay, acaso, que nos dé tan exacta idea de la formidable energía de la mar como el espectáculo del bravo oleaje durante una tempestad. La furia desencadenada de las olas ha sido siempre fuente de inspiración de pintores, novelistas y poetas. Pero en realidad esta fuerza es prestada, ya que tras las olas que avanzan, a veces como enormes montañas rugientes coronadas de furiosa espuma, se halla el viento, que al incidir sobre el agua le transmite su energía. El viento enloquece a la mar.

Al fin formamos un largo y gran emparedado con la vela mesana. Ella en el centro, el pico arriba y la botadura abajo, todo bien amarrado para que el viento no se lo llevara. Esas noches era justo lo que Espronceda describe en su desesperación: «¡Quisiera ver la noche sin luna ni estrellas! ¡Sólo las centellas el planeta Tierra iluminar!». El afán de lucha por la supervivencia, y la mucha práctica adquirida a través de los años, nos hacía a todos mantenernos en nuestros puestos, viendo, palpando y tropezando con todo aquello que andaba a revolcones por la cubierta del barco: zambullos en los cuales iban parte de los víveres, hortalizas, patatas, legumbres, latas, pescado seco, defensas, etc. La
cubierta se había convertido en un campo de batalla.

Arriando las velas altas
Aquella misma noche cargamos desde abajo las velas altas sin tener que subir a los palos a soltar los ganchos de escota de los picos, porque eso era como suicidarse. Si apenas nos podíamos mantener en cubierta, ¿adónde íbamos a lo alto del palo? ¡Maldita noche! ¡No tenía fin!

El arriado de los foques
Cargamos el foque volante, que es la vela más saliente de la proa por el botalón, y también el petifoque de haber podido. Hubiese sido bueno, en estas circunstancias, aferrar todo el trapo para que el viento no le diera tormento. Pero ¿quién se suicida a ciencia cierta? Éramos prudentes y buenos profesionales.

El temporal
Cuando comprendimos que el barco estaba medio en condiciones, nos concentramos todos en la popa. Posteriormente, después de secarnos y ponernos otra ropa y el impermeable, el patrón nos obsequió con un trago de un buen coñac, cosa que agradeció nuestro cuerpo. En verdad no tengo palabras para narrar la trágica comedia que estábamos viviendo en aquellos momentos. No veíamos nada a dos pasos de nosotros mismos. En cualquier momento nos podía caer de lleno una gigantesca ola con cien toneladas de agua, o bien colisionar con otro barco en ruta o con algún accidente geográfico. Yo pensaba que todo esto era la muerte en vida. El temporal iba a más, y el barco, después de cada pantocazo, a veces permanecía entre aguas. En nuestra mente estaban los peores presagios, ya que en aquel tiempo la tragedia del naufragio era una desgracia que se daba con frecuencia en esta ruta del mar Mediterráneo.

El pueblo marinero de Torrevieja
En aquella época, la mayoría de los hombres Torrevieja se dedicaba a la navegación. A veces, los temporales hacían acto de presencia, y la mar se llevaba el barco y las vidas humanas, vistiendo con ello de luto a muchas familias de este pueblo. Podría referirme a algunas tragedias ocurridas en la mar en donde perdieron la vida muchos hijos de Torrevieja, pero me parece improcedente, ya que la muchas ya han sido relatadas, en algunos libros, por sus propios protagonistas.

Un barco muy marinero
Ya habían pasado las cuatro horas de navegación con el fuerte temporal, horas que transcurrieron con grave peligro; pero, a pesar de todo, la nave aguantó todo lo imprevisto. Dentro de la gravedad de aquel momento hicimos todo lo humanamente posible para poner el barco en condiciones de navegar en aquel ciclón, aunque siempre pidiendo a Dios que nos sacara de él.

La Virgen del Carmen, patrona de los marineros
Es curioso que yo, al igual que la mayoría de los marineros de la época a la que hacemos referencia, nunca me he caracterizado por ser fanático de la religión, pero he tenido siempre presente en nuestra mente y corazón a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, a la que siempre nos encomendábamos con sincera devoción, a veces pidiéndole y rogándole como lo hicimos en aquellos momentos.

Navegando en “orejas de burro”
Navegando en “orejas de burro” —esto es, la vela mayor abierta a babor y el trinquete abierto a estribor—, la vela redonda se hacía con el viento que pasaba entre las dos velas y otros que podía atrapar. Esta vela era indispensable en aquellos momentos que estábamos viviendo. La redonda tenía tendencia a suspender el barco en las cabezadas, con unas olas que a veces tenían de seis a ocho metros de altura. Con la ropa empapada, se hacía imprescindible cambiarla si no querías morir de frío. Con mucho cuidado pasamos al rancho de proa, donde estaban nuestros camarotes, para cambiarnos con ropa seca.

La mar enloquecida
Las olas gigantes de una mar enloquecida entraban por la jarcia del palo mesana, por la popa, inundándolo todo hasta la misma proa. La chupeta de entrada al rancho, que tenía forma de horno, estaba situada al resguardo del palo trinquete y de la caseta de la cocina. Con mucho peligro logramos nuestro objetivo. Con todos nuestros sentidos, y provechando una buena corrida de tiempo, nos dirigimos al rancho con mucho cuidado para no tropezar en los muchos obstáculos que bandeaban de un lado a otro por la cubierta. Yo fui el primero en bajar, y cuando estaba pisando el último peldaño, y un compañero bajando detrás de mí, en ese momento entró por la pequeña puerta del compartimiento una enorme cantidad de agua, al mismo tiempo que noté que el barco se había quedado completamente parado.

—¿Qué es lo que pasa, Rafael? ¡Por favor, déjame subir!
Rafael se había quedado inmovilizado por un golpe de mar al mismo tiempo que el agua seguía entrando por la chupeta del rancho. Pensé que el barco se estaba hundiendo y que eso sería el fin. Intenté rezar. Mi mente se había quedado en blanco y mi cuerpo todo agarrotado, cuando de momento sentí una paz interior con una mezcla de conformidad; algo muy extraño de explicar, puesto que a lo largo de una vida el ser humano siempre se pregunta cómo será su muerte. Siempre con miedo a ese inevitable encuentro, y ahora que la tenía enfrente, ¿por qué sentía esa paz y conformidad? Sólo habían pasado unos segundos cuando el barco reanudó su caminar con su alocado movimiento. Después me contó mi compañero que hubo un momento en que el barco se encontró entre dos aguas, y por eso todos pensamos que se iría al fondo. Valiente como él solo, como un león majestuoso, como un rey siguió su ruta. Sin duda, el Salinero era el mejor de los veleros. Todo aquello fue culpa de una inexplicable guiñada dada por el timonel, que casualmente en aquel momento era el patrón. En su descargo, el patrón nos dijo que había que separarse de la costa y de las Islas Columbretes. Siendo ésa su excusa, todos la dimos por buena, aunque algunos teníamos nuestra propia teoría: un fallo humano. Quiero dejar claro que no es una crítica a nuestro patrón, pues me consta que era uno de los mejores, tanto en lo profesional como en lo humano.
La figura del patrón Vicente Rodríguez Martínez el Estefano
Vicente Rodríguez Martínez, conocido por el sobrenombre de Estefano, hijo de Torrevieja, era un hombre afable y muy respetuoso con la tripulación. Era muy comedido en sus palabras, incluso cuando reprendía alguna acción nuestra que no le gustaba; pero algunas veces le gustaba demostrar, o bien aparentar, un carácter duro utilizando para mandar frases secas y tajantes. Nada más daba órdenes, para él siempre importantes a juzgar por el tono de voz que empleaba. Cuando estaba crispado bramaba toda clase de malandanzas y epítetos despreciativos. Pero nadie le hacía caso. Ni él mismo. Con la misma rapidez que empezaba terminaba, y así hasta la próxima vez. Vicente era famoso entre los marineros y patrones como un duro conductor de velas. Sus paisanos, los patrones de Torrevieja, solían decir de él que «era un hombre que sabía dar las velas para aprovechar el viento, pero que no sabía cuándo tenía que quitarlas», debido a su costumbre de aguantar al máximo hasta que el viento huracanado se las arrancaba de los palos. Pero a pesar de la dureza con que trataba a los barcos para sacarles su máxima velocidad, jamás perdió ninguno, y sólo se le podía achacar el perder mucha lona. Después de aclarar lo de las guiñadas del barco, se acordó cambiar un tercio de la vela redonda. Con esta maniobra era imprescindible mover los “pajarines” y amollar la verga de estribor. Para eso estaban las brazas y las contrabrazas. Continúa el mal tiempo
A las 3 de la mañana del día 8 de febrero de 1942, sacamos los marros y abrimos las portas de la obra muerta, que estaban cerradas y detenían la salida de agua con el consiguiente peligro de hundimiento, ya que el barco tenía una buena borda y caja de cubierta, cosa buena cuando se navega con buen tiempo, incluso con malo, pero no cuando se lleva el barco sobrecargado, que era nuestro caso en aquel momento.
El viento huracanado
El viento huracanado limitaba nuestros movimientos en la cubierta; seguía lloviendo y el agua nos calaba hasta los huesos. Aquel cuadro era estremecedor, algo suicida, ya que estábamos expuestos a que una ola nos sacara del barco y nos arrojara al mar. El miedo a caer al mar o al naufragio se metía en nuestro cuerpo. Tres de mis compañeros, que no pudieron soportar tanta presión, perdieron los nervios, fallando en los momentos más extremos. No es ningún reproche, ni tampoco pretendo juzgar su actuación; sólo pretendo que el lector entienda que, en momentos tan críticos como los que estábamos viviendo, un ser humano se puede romper. No hubo ningún reproche entonces, ni menos ahora. En honor a la verdad, siempre fue muy positiva la actitud del resto de la tripulación hacia ellos, puesto que en ningún momento los dejamos solos, sino todo lo contrario, intentamos tranquilizarlos y apoyarlos.
La luz de san Telmo
A pesar de lo poco que flotaba el barco en aquellas circunstancias, aguantó el temporal. No sé si esto era debido a un milagro, o es que Dios estaba con nosotros, pues en todo el viaje nos acompañó
la luz de san Telmo, justo en los tres palos, dándonos con su presencia esperanza y fe en nuestra lucha contra los elementos. Al menos, si no estaba esa luz, yo doy fe de que la vi.
Maniobra en la vela mayor
Recién acabada la faena del martillo, por encima del fragor ruidoso de la tormenta escuchamos el
fuerte martilleo a intervalos de la botavara de la vela mayor, cuya escota se había soltado de la cornamusa y no se había desplazado del motón, porque llevaba un nudo en el chicote del aparejo. En aquel momento, acudimos otro compañero y yo a intentar subsanar el accidente. Como es de suponer, fuimos palmeándonos por la cubierta con los ojos bien abiertos ante el pulpo gigante en forma de ola que intentaba tragarnos. Con todo nuestro valor y corazón que guardamos dentro, conseguimos dejar la botavara en su lugar y la vela al viento.
La pérdida de la vela redonda
El domingo día 8 de febrero de 1942, a las 5 de la madrugada, ocurrió el desastre: la pérdida de la vela redonda. No hubo tiempo para nada, fue tan rápido como un tiro. La fuerza del viento lanzó la vela contra el estay de galope, el que sujeta el botalón con el palo trinquete. Después de la pérdida de esta vela vendría la de la vela mayor, quedando sólo cuatro hombres útiles. Cuando se hizo de día, nos entró pánico al contemplar el estado de la mar. El panorama era desolador, sólo la vela del trinquete se mantenía al viento. El barco apenas desarrollaba camino mientras las olas nos invadían por la popa. Era inevitable pensar lo peor. Todos intercambiábamos nuestras tristes miradas sin ningún comentario. En nuestras mentes estaban pasando las imágenes de un inminente naufragio.
La creación de una familia
En el año 1954, al tocar el amor a mi puerta, tomé la decisión de dejar los pailebotes para crear una familia. Intenté buscar un trabajo estable en tierra, mientras permanecí unos meses en paro forzoso. Pronto me di cuenta de que era imposible, ya que mi oficio era la mar, que tanto me atraía. Se presentó la ocasión de embarcarme en un barco de pesca de Torrevieja, con el que realicé un viaje a Larache que, a decir verdad, pasó por mi vida sin pena ni gloria, por lo que no merece ser contado en estas páginas.
El casamiento
A mi regreso de Larache, contraje matrimonio con María García Serra, la mujer con la que he compartido toda mi vida, las penas, las dichas y alegrías, pero todo ello con mucho
amor.
En los barcos de pesca de Torrevieja
En el año 1955 me embarqué en el pesquero Juanito, propiedad de la familia Juárez (los Tabardos), iniciando con ello una nueva vida dedicada a la pesca que duró hasta mi jubilación, en el año 1986. Pasé por todos los barcos de esta singular casa armadora de Torrevieja. La embarcación de pesca Alegría fue en la que más tiempo estuve embarcado, y en donde realicé todos los trabajos que un veterano marinero puede desempeñar en un barco de pesca. Poseo los títulos de Patrón de Pesca de Litoral y el de Mecánico Naval. A pesar de que hay un dicho en esta profesión que dice «hambre para hoy y penas para mañana», yo he sido muy feliz.
Mis últimos días
Noto que mis días se terminan y que la muerte me llama, y de alguna forma presiento que no veré esta historia publicada.
Esteban Pablo Cayuelas Mercader el Manilo

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