Vargas Llosa, Fujimori y la utopía
El desconocido Fujimori, quien truncó hace 20 años los sueños políticos del más galardonado novelista peruano, está hoy encerrado en la cárcel, condenado a un cuarto de siglo de prisión por crímenes de lesa humanidad y corrupción.
¿Qué cosas tiene la vida? Veinte años después, y parece que fue ayer, las aguas retornan a su cauce y el tiempo pone a cada cual en su lugar. Veinte años atrás un casi desconocido ingeniero agrónomo, rector de la Universidad Agraria La Molina, irrumpió en el escenario político de su país, Perú, para derrotar en las urnas al más premiado novelista.Algunos dirán que los pueblos son fáciles de convencer y que muchas veces se aferran a un clavo ardiendo para “salvar su estómago” y para eso vale todo y “valen” todos. Los encolerizados discursos patrióticos, las llamadas a rebelarse contra la tiranía de turno, el discurso de los abanderados del gran capital y sus “ideales” de promesas jamás cumplidas, formaron parte de ese fenómeno que “afortunadamente” (y esto entre rigurosas comillas), devolvieron a Vargas Llosa a las letras, pero sumergieron a su país en uno de los procesos más obscuros de su historia.
En esas elecciones de 1990 el autor de Conversación en la Catedral que lideraba un frente de derechas, formado tres años antes, fue derrotado en segunda vuelta con más del 60 por ciento de los votos por el populista Alberto Fujimori, quien en realidad recibió el apoyo implícito del partido de gobierno de ese entonces -el APRA, con Alan García (actual presidente) a la cabeza- y de los grupos políticos de izquierda que hicieron causa común en contra de un ya ideológicamente controvertido Vargas Llosa, tras su implicación y postura en el llamado caso Heberto Padilla y que marcó el inicio del divorcio entre una parte importante de la intelectualidad occidental y el gobierno de Cuba. El mismo tuvo su origen con la publicación, en 1968, del poemario Fuera de juego. Dicho libro mereció en un primer momento el principal galardón literario cubano, concedido por la Unión de Escritores y Artistas Cubanos. Pero las críticas a la revolución que contenía acabaron provocando el encarcelamiento, en 1971, del autor. Posteriormente Padilla se retractó de sus críticas en una declaración pública dirigida a la UNEAC. Fue cuando Mario Vargas Llosa junto Octavio Paz, Cortázar, Simone de Beauvoir, Sartre, Marguerite Duras, Moravia, Passolini, Alain Resnais o Juan Rulfo, firmaron una carta en la que pedían explicaciones al gobierno de La Habana con el consecuente distanciamiento del proceso revolucionario el que a parir de allí adoptó una nueva política cultural: el arte también es un arma de la revolución.
Fue también Vargas Llosa quien denunció los arrebatos autoritarios de Fujimori, denunció el poder en la sombra que ejercía Vladimiro Montesinos y el fraude orquestado en las elecciones del 2000 y audazmente calificó de inútilmente perniciosa a la Organización de Estados Americanos (OEA), que avaló el autogolpe de Fujimori en abril de 1992; mientras que el régimen, por su parte, no perdió oportunidad en demonizar al escritor hasta llegar a calificarlo de traidor a la patria cuando adoptó la nacionalidad española en julio de 1993.
El desconocido Fujimori, quien truncó hace 20 años los sueños políticos del más galardonado novelista peruano, está hoy encerrado en la cárcel, condenado a un cuarto de siglo de prisión por crímenes de lesa humanidad y corrupción. Vargas Llosa, quien no se cansó de denunciarlo, es el flamante premio Nobel de Literatura 2010.
Pero, admitiendo sin reparos sus indiscutibles atributos literarios, no debemos obviar la faceta complaciente de Vargas Llosa con el mundo actual y su proclamada negación de la utopía. La sociedad perfecta no existe ni va a existir, básicamente porque es imposible que la idea de la sociedad perfecta coincida en dos seres humanos. Varía con cada individuo, cada uno nos la creamos sobre la base de nuestras fantasías particulares, nuestros deseos, nuestra psicología. No se puede universalizar una idea de la felicidad, es cosa de fanáticos
Esta consideración de Vargas Llosa, literariamente esplendorosa, es rebatible mediante la realidad de que uno de los grandes conflictos contemporáneos se diseña en torno a la contraposición entre tecnocracia y humanismo y más cuando todo indica que se impone un utilitarismo miope.
Ese utilitarismo es el que llevó a Fujimori al poder, ese utilitarismo es el que postergó al tal vez el más importante escritor en lengua castellana del siglo XX a un casi asemejarse a Borges en la espera del Nobel, literariamente más que merecido, ese utilitarismo del vive feliz aunque todo se derrumbe a tu alrededor, es el mismo que hoy considera a Mario Vargas Llosa políticamente correcto y lo eleva al altar mayor de la literatura.
Y, por qué no, ese utilitarismo también debe hacernos reflexionar sobre la necesidad de cultivar un poco la utopía, llevar la mirada más allá del televisor y aceptar que algo de ideología no le viene mal mundo, como tampoco le viene mal leer a Mario Vargas Llosa, pese a su contradicción. Justicia poética, que le dicen.
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