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La travesía

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La travesía

No es el naufragio del Titanic, ni un crucero por los mares del Sur. Esta vez, es la travesía a nado de Torrevieja, unos dos kilómetros y medio.

Empiezan a llegar los participantes. Buscan su número de dorsal en las listas. Recogen el chip, que medirá el tiempo logrado al final de la prueba. Observo a un grupo de chicas, a la mayoría les agrada el efecto estético del chip en su tobillo. Miro de reojo a los chicos; uno de ellos, se siente incómodo con la “pulserita” ¡seguro que es un novato! Me pongo el mío; muevo el pie arriba y abajo, verifico si me impide el aleteo. Demasiado flojo, puedo perderlo y descalificarme. Lo ajusto.

Sigo observando. La mayoría de los chicos, depilados, para ofrecer menos resistencia al agua; ninguno, con barriga. Hay muy pocas chicas, las evalúo. Les miro las piernas; si están bien formadas, son habituales. Les miro los brazos; si son cortos y musculosos, su brazada será rápida y potente.
 
El mar está en calma en el primer tramo, será fácil mantenerse al ras del agua. Los más rápidos y jóvenes se sitúan enfrente de la boya, los mayores a la derecha. Yo busco mi espacio, me sitúo a la izquierda. Haré unos metros de más, pero encontraré menos obstáculos, en un pasillo demasiado estrecho para los trescientos nadadores.
 
Siento subir la adrenalina, el juego va a empezar. El premio para unos será llegar el primero, para otros, bajar su tiempo o, simplemente llegar a la meta. “Preparados”. La adrenalina se dispara, mi respiración se descompensa. “Ya”. Los más jóvenes salen zumbando, ocupan todo el pasillo. Me quedo rezagada, busco un espacio libre, sorteando a los veteranos. Mi respiración es acompasada, y larga la brazada. Disfruto del paisaje marino, no veo medusas.
 
Acabo de atravesar la playa de los Locos. Un barbudo se cruza en mi camino; intento esquivarlo, desviándome a la izquierda. Se cruza de nuevo, esta vez me desvío a la derecha. ¡Vuelve a cerrarme el paso! Me paro, y le doy diez metros de ventaja. Sigo disfrutando del paisaje marino; mi respiración es lenta, y la brazada corta y rápida, para vencer la corriente. Se montan encima de mí. Me libero. Me agarran del pie, pierdo la respiración, me flaquean las fuerzas. Me giro para verle la cara. ¡Es la tramposa de siempre! Me despierta el ánimo de venganza, lo retengo. Le dejo pasar, preguntándome qué satisfacción obtiene ganándome de esta manera, y si piensa en la gravedad de su comportamiento.
 
El último tramo de la travesía es un disfrute total. Mis amigos me esperan en la meta, me vitorean. El avituallamiento es generoso, y el diseño de la camiseta, muy simpático.
 
Carlos Soler es el ganador absoluto, con un tiempo de 25’ 50”. El barbudo de los cruces no ha quedado clasificado; la tramposa de siempre ha quedado tercera de su categoría; y yo, la primera de la mía.
 
Me siento en un banco, para contemplar mi precioso trofeo y una señora me pregunta: “¿Dónde los venden?”

Pilar A. del Manzano
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