CONTRASTES DE MEDIODÍA, EMPATE DEL FUTBOL CLUB TORREVIEJA EN CASTELLÓN
Aunque siempre acarrea una decepción que se trunque la racha de victorias consecutivas, hay que considerar con objetividad, y también con sus matizaciones, el resultado obtenido en el antiguo cortijo del Bovalar.
Suponemos que nadie en su sano juicio aspirará a ganar todos los encuentros sin excepción hasta el término del torneo. En consecuencia, algún día había de producirse la igualada o —toquemos madera— la derrota. Así que, lejos de un falso conformismo, debemos dar aquélla por positiva, siquiera para constatar que esto no es tan fácil como las apariencias de las últimas jornadas pudieran animar a creer. Y remarcamos esta impresión para que no se piense en un pinchazo, sino que, al contrario, se ha refrendado la trayectoria, sobre todo si observamos la condición de aspirante a la promoción del filial orellut y la importancia que para ellos tenía este envite por la posibilidad de acercarse a las cuatro plazas de marras. Tanta, que soportamos la «faena» del cambio de horario, de la tarde del sábado al mediodía del domingo. A alguien le vendría de perlas para estar en misa (la ofrenda floral) un día y repicando (el partido) al siguiente, pero las arcas del club hubieron de cargar con el gasto extra del hospedaje, para evitar el improcedente madrugón y la paliza de autobús inmediata al esfuerzo deportivo. Uno de los motivos del éxito, además del tangible, basado en la entrega y el rendimiento de la plantilla, es que nada se deja a la improvisación y cualquier detalle, por nimio que parezca, se cuida con escrupulosidad.Por lo inhabitual del carácter matutino del choque, o por las lógicas precauciones ante un adversario que está donde está, el Torrevieja no cuajó un primer tiempo destacable. Pese a lo cual, ofreció más sensación de peligro, porque la calidad de sus (escasas) combinaciones puso en apuros a Raúl Martínez, algo inseguro en sus intervenciones iniciales, tras un resbalón —contingencia por la que pasaría después su homólogo— que pudo costarle un disgusto materializado en gol absurdo. La defensa local arriesgaba al dejar en off side a los atacantes rivales —un remate de Polanco a la red no alteró el tanteo por haber alzado el banderín Fadón Arévalo— y, pese a jugar con fuego durante todo el partido, lograría evitar un abrasamiento fatal. Ése era el principal atisbo de vía de penetración torrevejense, al exhibir la paciencia típica en los desplazamientos. Pero la línea media apenas asomaba, las cesiones se fallaban, y el equipo, en general deslavazado, se sumía en una especie de letargo. Para colmo, tampoco nos libramos de la lesión: el temido turno le tocó a Higuera, con un aparatoso corte en la frente que le impediría continuar, no por su estado físico —todos recordamos a Rafa Moreno—, sino por el evidente riesgo de que se le reabriera la herida al cabecear un balón. Con la salida de Córcoles, que de nuevo descansó menos de lo previsto, Santi Villa bajó al lateral y Polanco ocupó el puesto del interior zurdo. Entrarían entonces los visitantes en su peor fase, e incrementaron el número de faltas para impedir, o sólo aplazar, las acometidas en su terreno. Los de Alejandro López Ufarte (hermano del ilustre Roberto) empezaron con imprecisión los envíos sobre el área, pero eran tantas las posibilidades de que disfrutaban, hasta con centros dobles, que el bombardeo llegó a agobiar. Aun así, Iván Vidal no se enfrentó a problemas graves, un auténtico y paradójico alivio para como pintaban las cosas.
Y como así no podían seguir, cambiaron en la reanudación con los convenientes ajustes. Tras unos minutos de adaptación, el Torrevieja dio el puñetazo sobre la mesa. Lo que antes se echaba de menos, la aparición dominadora de los pivotes organizando el juego, hizo funcionar a los de Rojo, ahora incisivos e inequívocamente encaminados al portal castellonense. Borja Pando y Raúl Manrique volvieron a ser los distribuidores que conocemos, asegurando la posesión y, ayudados por Diego Meijide, abriendo a las bandas, aunque cargando hacia la derecha. Cuando el pase era largo, espléndida labor de Soriano y Córcoles, protegiendo la pelota a la espera de apoyos o forzando golpes francos. Los zagueros albinegros, obstinados ellos, no cejaban en el fuera de juego, y qué mejor argumento que lo bien que les iba saliendo. El Torrevieja se resistía a no marcar, luchando por alargar la estadística, y creó las ocasiones suficientes, en cantidad y calidad, para aprovechar al menos una. Ateniéndonos a este apartado, los salineros se hicieron acreedores al sexto triunfo consecutivo. Pero lo que la fortuna nos brindó otras veces —sin ir más lejos, el autogol en Oliva— nos lo negó ésta. Ya en el limbo de lo irremediable los disparos de Soriano y el de Nico, y como no era cuestión de perder la brújula porque un punto constituía una aceptable cosecha, se acabó de recoger.
De modo que se guardan las distancias con los de la Plana y no las recortan demasiado los otros perseguidores. Es el inconveniente de «acostumbrarse» a la victoria: que el empate, incluso en un campo tan poco propicio, quizá no se valore como merece. Pues éste de Castellón, por la forma y por el fondo, atesora muchos quilates.

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