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Triunfo del Torrevieja Club de Futbol en la Ciudad Deportiva de San Vicente del Raspeig por 1 a 4

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Triunfo del Torrevieja Club de Futbol en la Ciudad Deportiva de San Vicente del Raspeig por 1 a 4

Pese a que arriesgaban con la defensa adelantada, los goles encajados por los locales no fueron consecuencia de una mala ejecución de la citada táctica.

Si en la jornada anterior hubieron de entregarse los deberes a punto de expirar el plazo, aprisa y corriendo, y se aprobó el examen por los pelos, muy al contrario, por razones evidentes, aconteció en la que ahora comentamos. Compréndase que, al equiparar en el símil estudiantil los deberes con los goles, podríamos caer en la injusticia de colegir que no se intentó entonces con la misma continuidad, o que no se pusieron los medios —léase juego— para lograrlos. En absoluto; ni lo insinuamos ni lo pensamos. La diferencia estriba en lo que algunos llaman acierto, otros inspiración, otros calidad, otros eficacia, y otros —no aquí, desde luego— chiripa. La historia de este deporte, en cualquier categoría, no está plagada de encuentros en los que un equipo consigue cuatro tantos en menos de media hora; afinando, en un cuarto, si contamos desde la consecución del primero hasta la del último. A saber cuántos meses, o años, habrán de pasar hasta que presenciemos otro parecido. Como tampoco es habitual aprovechar casi todas las ocasiones, por meridianas que éstas se presenten. Suele afirmarse que, en el irrealizable supuesto de que no se cometiera ningún fallo, todos los partidos terminarían 0-0. Nosotros, siempre tan críticos con tópicos y lugares comunes, sostenemos la tesis opuesta: en esa situación ideal, si nadie se equivoca, los resultados serían, sin exagerar, del orden de 27-27, o 35-35, o 43-42, dependiendo de cuál de los dos conjuntos efectuara el saque inicial y administrara los ritmos. El argumento es bien fácil de entender: si el que tiene el balón no fallara nunca, siendo su propósito marcar, lo haría cada vez que le viniera en gana. Daremos gracias a que teorizamos sobre un imposible, porque el fútbol se acabaría por aburrido y perderíamos la esperanza de salir de pobres con las quinielas, amén de tener que llenar de distinta manera las tardes dominicales. Ya disfrutamos así y no estamos en edad de cambiar. Loor a la bendita falibilidad humana.

No es que el Torrevieja alcanzara tal utópico caso, tampoco vamos a jactarnos vanamente, en la Ciudad Deportiva de San Vicente del Raspeig. Pero, al menos en la primera parte, se acercó una millonésima... y el Español se alejó otro tanto. Aguantó el tipo hasta que Diego Meijide abrió la cuenta. Lo que apuntábamos en el párrafo precedente: ¿cuántos servicios de golpe franco se bombearon en otros compromisos, sin fruto, sobre el área rival? Pues éste, ni mejor ni peor lanzado que otros, acabó en la portería. Pese a que arriesgaban con la defensa adelantada, los goles encajados por los locales no fueron consecuencia de una mala ejecución de la citada táctica. Ni siquiera el segundo, aunque se les podría reprochar descolocación —demasiado pasillo para un bólido como Roberto Carlos— en el contraataque siguiente al córner favorable; circunstancia nada extraña, por cierto. Se unió además, para su desgracia, que tanto el lateral diestro como Héctor destaparon el tarro de las esencias rematadoras, con dos toques de auténtica clase, y Nico redondeó la serie con un testarazo asimismo milimétrico. Ante semejante chamada, poco se puede oponer; si acaso, salvar el honor, como hizo Chole con un meritorio disparo. Que, como dato anecdótico, igualó el número de goles con el de tarjetas en ambos contendientes, en el primer tiempo y al final. Una curiosidad más de este curioso choque.

Y, como algo habremos de contar del segundo periodo, aun en el reducido espacio que nos queda, añadiremos que el Torrevieja cedió terreno, manteniendo a los verdiblancos sin posibilidades de continuar acortando distancias. Lógica decisión y lógica puesta en práctica. Tampoco había necesidad de exponer, dada la nefasta lista de lesiones. Además, cualquier gramo de energía ahorrada puede venir de perlas. Rojo aprovechó asimismo para probar a Héctor en el pivote, cuando sustituyó a Julián Domínguez. Aunque los minutos carecían de emoción y de intensidad, los salineros todavía estuvieron cerca de ampliar la goleada. La sensación que transmitían era la de que, de haber precisado alguno más, lo habrían obtenido.

Bienvenido sea este respiro después de las apreturas recientes y ante las que se avecinan. No hagamos como el profesor exigente que pide mayor esfuerzo a un alumno que saca sobresaliente. Su trabajo le cuesta, aunque no lo aparente. El curso, sin duda encarrilado, es largo y aún esperan dificultades.

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